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Auschwitz - Birkenau

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Este es el relato sobre uno de los viajes que más me ha marcado. Un lugar donde la historia de la humanidad tocó fondo, con seguridad no el único, ni posiblemente el más hondo de todos.  La historia la conocemos todos, nos salta a la memoria sólo con oír el nombre alemán, sin embargo dónde ocurrió, el emplazamiento físico

, ha quedado más en el olvido.

El infierno, tal como me lo imagino, se encontró desde 1940 hasta 1945 a poco más de cinco cuartos de hora en bus de Cracovia, a unos 60 km. En una pequeña localidad que siempre se llamó (y se sigue llamando) Oświęcim, un nombre que no significa nada, o por lo menos nada que yo sepa: Auschwitz en cambio, el nombre que quedó para la infamia, hace temblar hasta la punta de la lengua al pasarla por el paladar para pronunciarla.

Fuimos mis padres y yo, en viaje organizado con guías en inglés, francés e italiano según gustos. El español se lo olvidaron para mejor ocasión esa fría, triste y lluviosa mañana de domingo. Y para ser sinceros, agradecí en varias ocasiones no entender todo lo que me decían.

Para comenzar con el particular via crucis para la sensibilidad del grupo, visionamos una película sobre la liberación del campo: He leído algunos libros sobre el holocausto, he visto películas y reportajes, pues bien esa película hizo marearme durante el trayecto. Sólo me preguntaba durante la emisión, cómo el conductor polaco, de polaquia de toda la vida, podía conducir tan tranquilo, como si en vez de a ese sinistro lugar fuésemos a la ermita de San Pancracio.

Repito el principio: puede que haya lugares peores en el mundo; yo no los conozco, no puedo imaginar que existan. Si bien es verdad que Auschwitz en sí mismo es inimaginable.

El dintel de la única puerta de entrada al campo está coronada con el tema consabido: “Arbeit macht frei”. Una sórdida ironía nazi ya que la única forma posible de salir del complejo era por la chimenea del crematorio. El saludo a la entrada es una copia de las consignas comunistas que adornaban muchas puertas de campos de concentración rusos. En esto, como en tantas cosas, Hitler siguió al pie de la letra las huellas de su homólogo en exterminios al otro lado de espectro ideológico (¿o era en el mismo?), camarada Joseph Stalin.

arbeit macht frei

Los primeros campos de concentración de prisioneros eran construidos y administrados según la última moda en crímenes contra la humanidad, el Gulag soviético. A este respecto os recomiendo los dos volúmenes de 800 páginas cada uno de Alexandr Solzhenitsyn en “Archipiélago Gulag”.

Sin embargo, en su perversidad, Hitler y sus secuaces fueron más allá. Inventaron algo nuevo en la historia del hombre: “el matadero humano”. Claro  está no uno cualquiera, sino uno barato, rápido, eficaz y secreto. ¡Y vaya si lo consiguieron!.

Los mayores avances de la sociedad occidental – incluido la producción en cadena del amigo Henry Ford -, la tecnología punta, las cabezas pensantes más privilegiadas a disposición de la máquina de matar más sanguinaria, poderosa y constante jamás pensada. Ingenieros, médicos, soldados, cirujanos y oficiales dedicados a erradicar razas enteras, estirpes completas de la faz de la tierra: abuelos, niños y mujeres all included.

Este último párrafo tiene un nombre, se lo puso RaphaelLemkin, judío polaco en 1944. Él lo llamó genocidio. En el complejo de Auschwitz murieron en torno a 1’3 millones de personas. Para llegar a esta cifra, Auschwitz se les quedó pequeño dos veces, con la primera, construyeron una ampliación en un pueblecito a 4 km llamado Brzezinka, en su nombre alemán Birkenau. En la segunda, como la tarea era mucha y el tiempo apremiaba ya que estaban los americanos y rusos a las puertas, todavía hicieron un Auschwitz III, en Monowitz. 

Sin embargo, a pesar del meticuloso cálculo alemán, fallaron estrepitosamente en una cosa, su principal temor, en el secretismo que querían imponer. A pesar de destruir las cámaras de gas (no todas), los crematorios (no todos) etc. No existe crimen más probado en toda la historia de la humanidad que el holocausto: miles de testimonios escritos y orales, de supervivientes, de víctimas y verdugos. Películas, como la que vi, grabadas por cámaras rusos, otras por americanos, y cientos de miles de fotos. Todo eso sin contar claro está, el “museo del horror” en el que se ha convertido el lugar. Si acaso es un museo, es el museo más feo del mundo.

Pensándolo mejor mientras escribo, los maquiavélicos nazis fracasaron en casi todas las grandes empresas en las que se embarcaron, desde la conquista del mundo hasta el exterminio de las razas inferiores.

Una de las cosas más tristes de Auschwitz I, es que si no te dicen lo que es, te recuerda más a un conjunto de residencias de campus universitario, que a un centro de torturas.

 

 

 

pabellones

Impresiona ver las dos toneladas de pelo humano que han guardado como recuerdo, con el que confeccionaban alfombras, calcetines y demás artículos.

Impresiona ver los 70.000 zapatos apelotonados en una sala gigante.  Las miles de maletas con el nombre, apellidos y dirección pintadas en una de las caras rectangulares. Los prisioneros, en su mayoría judíos, no sabían a donde iban, y así, albergaban la esperanza de recuperar sus enseres al acabar su viaje a ninguna parte.

Impresiona ver los cientos de monturas de gafas, de cepillos, de aparatos ortopédicos... que los alemanes se encargaban de clasificar minuciosamente.

En cada uno de estos objetos, en todos y cada uno de estos restos traídos hasta aquí y abandonados por el chapapote de la historia, hay un relato, una vida truncada, un destino escrito. Incluso quise ver entre el inmenso montículo de zapatos uno rojo que destacaba del resto grisáceo. Al estilo de Spielberg en “La lista de Schindler”. Sería mi imaginación. 

Impresiona ver los cientos de fotos que adornan las paredes de cabezas rapadas, con la fecha de entrada y de salida (¿?). Tres meses como mucho entre la primera y la segunda. Caras de las víctimas, caras que son espejos. Donde, si buscas bien, nos encontramos tú y yo. Tú y yo.

Por salud mental, y por no escandalizar conciencias, es mejor no preguntarse en exceso cómo pudo ocurrir, cómo se llegó hasta allí, quienes fueron los verdugos, quienes dieron las órdenes, qué les llevó a cumplirlas... porque la respuesta es inquietante cuando menos. Fueron seres humanos como tú y como yo. ¡Otra vez!, tú y yo.

Cabe preguntarse viendo Auschwitz, si la civilización occidental, la misma que es capaz de descubrir los antibióticos, de componer las cuatro estaciones, el Quijote, de mandar el hombre a la Luna y de utilizar a licenciados e ingenieros para enviarlos de becarios por el mundo a que hagan un trabajo de bachiller... ha merecido la pena.

Un tal Adorno se preguntaba si era posible escribir poesía después de Auschwitz y un tal Steiner, se cuestionaba si su idioma podría sobrevivir a la conciencia del genocidio, si las palabras de los nazis pervirtieron la lengua alemana para siempre. Y es que, ¿cómo escribir algo bonito utilizando las mismas palabras que usó Hitler en su lenguaje de odio?. 

Queda un edificio, uno de los pabellones en Auschwitz que ha permanecido intacto. Era la cárcel de Auschwitz. Os podéis imaginar de qué guisa puede ser una cárcel en un campo de concentración. Perdón, no, no podéis.

Si alguien no cumplía una de las normas de comportamiento del campo, verbigracia: pasarse de los cinco minutos que tenía para ir a la letrina dos veces por día. O ponerse periódicos debajo del mono de presidiario, porque los –20 ºC con un mal pijama eran insoportables, te hacían un juicio sumario que terminaba el 90% de las veces con un tiro en la nuca en frente del “muro de la muerte”. (foto adjunta)

 

muro de la muerte

La opción del 10% restante, no era mucho más halagüeña. O bien te encerraban en una celda, sin comida ni agua hasta que te morías de sed. O bien en una celda de asilamiento a oscuras. O bien te metían durante la noche en una celda de un metro cuadrado con tres personas más. Con lo que permanecías de pie durante días, ya que por el día también estaba prohibido siquiera sentarse.

Ahora bien, Birkenau, mucho menos conocido para el público, menos museo, más destruido y donde más gente murió con diferencia, causa hoy en día más impresión y escalofríos.

Todavía quedan las vías donde llegaban los trenes de toda Europa (mención a parte merece la reflexión de cómo aguantaban 100 personas en un vagón durante semanas sin poder descender bajo ningún concepto), y donde descendían los condenados a muerte. Inmediatamente se formaban dos filas.

vías de tren Auschwitz

La de los hombres jóvenes, sanos y fuertes para aguantar esfuerzos físicos hasta la extenuación. Y la de mujeres, niños, ancianos y enfermos que eran asesinados inmediatamente.

El procedimiento era simple. Se les invitaba “amablemente” a desvestirse para entrar a las “duchas” porque era necesaria una desinfección, decían ellos. El gas empleado en las primeras etapas fue CO y CO2 proveniente de tubos de escape de camiones. La muerte era lenta y fatigosa (para los verdugos), así que mejoraron la técnica incorporando Zyklon B, un insecticida común. 

Luego se procedía a la incineración de los cuerpos en los crematorios. Este proceso era llevado a cabo por los Sonderkommandos, polacos, judíos, prioneros que quemaban – obligados – a sus propios compañeros. Los nazis cuidaban a los sonderkommandos, les alimentaban bien, porque eran los que hacían el trabajo más sucio. Claro está, como éstos eran testigos privilegiados de todo el horror eran asesinados cada cierto tiempo para su posterior reemplazo.

crematorio

Una de las imágenes más espeluznantes sería observar Birkenau con las cinco chimeneas de los crematorios funcionando a destajo. Adjunto una foto sobre uno de los barracones de literas. Cada litera de tres camas, en cada cama dos, tres y hasta cuatro personas. La función matemática de la esperanza de vida en ese sitio dependía directamente de la cama donde dormías. Se ha comprobado que cuanto más arriba estaban en la litera más posibilidades tenían de sobrevivir más de tres meses. Esto es debido al contagio de enfermedades como el tifus, disentería y otras, a través de las heces que iban cayendo desde lo alto.

 

literas

Adjunto otra foto sobre un barracón de letrinas. Los presos tenían cinco minutos, dos veces al día para hacer sus necesidades. Ahí, al igual que en las literas, los presos se contagiaban de todo tipo de enfermedades de las que morían. En lo que se ha llamado la exterminación indirecta.  Uno de los trabajos mejor valorados por los presos era trabajar precisamente allí, en las letrinas. Primero porque estaban resguardados de la lluvia, de la nieve y en parte del frío y segundo porque el hedor pestilente y nauseabundo que existía disuadía a los nazis de acercarse hasta allí. Muchos sobrevivieron por eso.

letrinas Auschwitz

No sé si os quedará ánimo para leer alguna historia sobre el doctor Mengele “el ángel de la muerte”, ése que era capaz de rociar con ácido los ojos de niños para comprobar si podía cambiar el color de las pupilas. O sobre una de las infames torturas de Auschwitz, la cual consistía en pasar la noche en una pequeña celda con capacidad para una docena de personas y una sola ventana en lo alto.

Los nazis metían dentro a unos sesenta prisioneros, cerraban con llave y, al abrir por la mañana, encontraban a la mayor parte muertos, morados por la asfixia, sofocados, pisoteados.

Años después, un polaco que sobrevivió a una de esas noches horripilantes, contó que debía su vida a dos cosas: su altura física y un rabino bajito que le explicó que, cuando les empujaran al interior de la celda, no intentara luchar por alcanzar la ventana, como hacían todos.

El rabino ya había sufrido el castigo de la celda dos noches consecutivas y sabía que lo mejor, si uno era alto, era quedarse junto a una de las paredes e intentar aspirar el aire irrespirable de arriba. Por la mañana, después de aquel denso y prolijo tormento, el polaco fue uno de los pocos que salió, pisoteando cadáveres, entre los cuales el de aquel pequeño judío. 

Todas esas historias de luz y sombra convergen en el desolado habitáculo de la cámara de gas de Auschwitz: el embudo de Europa, el desagüe último de la civilización occidental.

Ese día en Auschwitz hacía frío, llovía levemente y se te embarraban los zapatos al caminar. Bastante gente se dio cita allí, gente silenciosa y respetuosa con el entorno, algunos con la bandera de Israel a modo de capa. La gente hacía fotos, tampoco muchas... eso sí, nadie quería posar delante del objetivo. No fuese a aparecer un espectro en la foto tomada, que nos preguntase ¿por qué?.

Comentarios
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Gisella (200.40.215.xxx) 2009-01-14 17:38:22

Chevi es espantoso cómo el ser humano puede llegar tan bajo! no sé cómo
llamarlo : si odiaban al ser humano o simplemente amaban hacer el mal ,
maldades. Es muy triste que estas cosas pasen en el mundo , guerras , torturas,
muertes . Pero siempre se tendrá la esperanza: " el bien vence al
mal"....
gise
dolores (189.142.167.xxx) 2009-02-13 19:04:47

hola mi nombre es dolores:

desde siempre me ha parecido que la histira de
hittler y del horror que vivieron esas personas es por de mas interesante llevo
muchos años leyendo sobre eso pero hasta hoy encuentro un relato tan real pues
al leer cualquier libro de historia me parece irreal aunque se muy bien quesue
verdad pero al leer esto lo siento todavia mas cruel ojala y la humanidad nuna
olvide este cruel y horrible episodio gracias por compartir tu relato
NO HACE FALTA CAMINAR TANTO...
albertini69 (95.122.76.xxx) 2010-07-25 03:53:09

Hazte una pregunta. ¿Ha sobrevivido el idioma castellano al franquismo?, ¿ha
pervertido el fascismo a nuestra querida lengua para siempre? no, tranquilo.
No
hace falta ir tan lejos, aquí mismo, en España, hay un lugar que también
merece un suspiro de desolación. Se llama el Valle de los Caídos.
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Actualizado el Viernes, 09 de Julio de 2010 15:30  

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